Me llamo Isabella Borgia, nacida en el año de nuestro señor de 1424 en Valencia, Reino de Aragón. Hija de Juana de Borgia y sobrina de Alfonso de Borja, nos trasladamos a Nápoles con éste último cuando el rey Alfonso V conquistó este territorio, en 1442. Casada desde hace un año con Don Rodrigo, conde de Volterra, quedé en Nápoles cuando mi familia, siguiendo a don Alfonso, se trasladó a Roma, donde disfruta ahora de su nuevo beneficio eclesiástico.
Educada desde siempre en el amor a las artes, no puedo decir que Dios me haya bendecido con aptitudes para ello, sin embargo. Pero disfruto visitando talleres de artistas y adquiriendo obras en las que Dios ha dejado su huella. Admiro y envidio a aquellos como yo que pueden cobijar bajo su ala a un artista de verdad, pero el carácter celoso de mi esposo impide de momento que emprenda esa noble tarea.
Esa y otras menos agradables a su educación, como mi amistad con Margueritta de Mesta, noble dama valenciana de impecable gusto y modales atrevidos. No casada aún por voluntad propia, su reputación de casquivana no agrada al conde, por lo que sus visitas están cada vez más espaciadas y en ellas no gozamos de la libertad que desearíamos. El conde, a pesar de su impecable educación y su buen trato, tampoco mantiene su compostura cada vez que en la casa se nombra, o llegan noticias de Daniel Maldini, mi primo, mi amado, mi locura. Criados juntos en la misma villa valenciana, el amor por su dulzura y su apostura era en todo punto inevitable. Pero nobleza obliga, y tuvo que desposar con una vieja fea y amargada con la que unir las dos casas. Ni mis llantos, mis ruegos y mis amenazas sirvieron de nada. Y él no quiso escuchar mis súplicas para una fuga de enamorados. Buen castigo tenga por ello junto a su vieja esposa, que no hace sino intentar darle hijos, y fracasar, y disgustos.
Y mientras mi juventud se marcha cada mañana, paso las noches en las celebraciones de la corte. Viendo y dejándome ver, recibiendo halagos y regalos de quienes quieren llevarme a su cama. Que no son pocos los pretendientes pero sí los afortunados. Sólo aquellos contra los que mi esposo no osaría levantar la mano, aquellos que pueden hacerme de mi posición algo más elevado y llevadero. Y mientras escribo estas letras, jugueteo con el último regalo de mi duque, nuestro virrey, un hermoso abanico, y disfruto de la fragancia que mi cardenal ordenó para mí en París.
Y elijo los vestidos a llevar a tan improbable fiesta en la casa de los Giovanni. Un largo viaje solo acompañada de mi doncella a la casa de unos nobles que nadie quiere frecuentar. Una fiesta de la que no sé nada y a la que asisto por orden expresa de don Rodrigo. Si al menos Margueritta pudiera venir conmigo…
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